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Bajarse del mundo, conformarse con el lugar
¿Estás ahí ya?
“Oh, simple thing, where have you gone?
I’m getting old and I need something to rely on.”
Somewhere only we know, Keane (Hopes & Fears)
Si estás suscrita a mi newsletter, y no sois muchos por aquí, puede que intuyas que estoy en un proceso personal de bajarme un poco de todo. Puede que esa misma intuición la extiendas hacia tu propia piel. En la vibración hay algo que se percibe como equivocado, y no me estoy refiriendo solo al fascismo que vocifera por todas partes. Hay algo en nuestra forma de conectar con lo que nos rodea, con otras personas, que glitchea. Quieres mirar al mundo y el mundo te devuelve una sonrisa de píxeles. Quieres tocar algo real y, en un parpadeo, es un botón de compra. Sabes que eso no te basta.
Si me conoces, también sabes que estoy en las antípodas de la tecnofobia. Esto va de otra cosa. Va de que la posesión y la gobernanza de las tecnologías que utilizamos están a años luz de servir nuestros propósitos. Algo de esto me contó Ben Tarnoff, una de las últimas personas que he tenido la suerte de entrevistar, a propósito de un libro del que no he parado de hablar desde 2023, Internet para la gente (Debate, 2025).

Empecé a dejar Instagram el ocho de octubre de 2024 aunque eso es una mentira mayúscula. He estado ahí para ser testigo de todo lo que aquellos en Gaza querían o podían contar. Pero eso mismo me ha envenenado el estómago que hace falta para publicar fotos de mí misma, de mis desayunos, de mis amigos. No estoy en el lugar de antes para utilizar así la plataforma. Tengo que estar de alguna manera para seguir trabajando, así que lo utilizo en el aspecto que creo que aún puedo tolerar, no sin reservas, que es compartir libros de vez en cuanto. He eliminado mi perfil de la red social de cierto millonario megalómano, pero permanezco activa en Mastodon. Trabajo cada día por reducir el hambre por ser vista que abre todavía un agujero negro en mi interior. Las redes mainstream nos han educado en ella, y no será sencillo ni rápido desandar ese camino.
No tengo ninguna pretensión minimalista especial. No aspiro a ningún modo de vida ascético ni me he inspirado por él. Solo quiero reducir un poco el ruido. Suspiro por algo verdadero. Volver a Cádiz me hizo recordar que no tengo dos mil amigos. Pero me bastan dos si aparecen por mi puerta de vez en cuando. Desde 2021 es posible que me esté bajando del mundo incluso más de lo que pretendo en realidad. Creo que, por suerte, no me ha hecho más hosca, siento una obligación hacia la dulzura. Eso no lo sabes por este boletín, pero espero que quienes me hayan tratado lo perciban así. Mientras desciendo peldaño a peldaño del espacio en el que tiene lugar alguna fiesta, dejo el FOMO allí también. Espero encontrar bajo mis pies otro terreno.
Quiero cambiar el mundo por el lugar. Eso es parte de mi deseo. El primer paso.
De pequeña, una canción cambió para siempre mi visión poética de las cosas. Cada vez que la escucho mi piel se eriza, quiero cerrar los ojos, la fibra sensible tiembla. Es el teclado, la voz de Tom Chaplin hablando de ese lugar que solo nosotros conocemos. Uno de esos versos quedó para siempre marcado en mi memoria adolescente, como una profecía: me hago vieja, y necesito algo en lo que confiar.
¿Sigue ahí ese lugar? ¿Estoy, al fin, en él? Salté del tren por un rayo de sol y un poco de paz.
Cuando digo que quiero cambiar el mundo por el lugar no renuncio al primero, lo reclamo. Lo que pretendo dejar aquí es este simulacro inmersivo que no parece tener final, pero es mentira, lo tiene. Acaba en mí. Reclamo el lugar como mi derecho a pertenecer al mundo, a conectar con el momento irrepetible en el que se me ha concedido vivir. Arranco el lugar del simulacro, lo invoco con todas mis capacidades, porque ansío el mundo que hay detrás de su filtro y su matiz. Prefiero mis propios ojos.
Este lugar es táctil e interactivo. Sus sonidos estremecen y fascinan. Este lugar es viejo y asombroso, es aterrador y salvaje. Puede ser un abismo y una abrazo. Pero por encima de todo, este lugar es nuestro.

El porche.